Los escritores que nos dejaron textos donde documentaban sus prácticas se hacían eco que los herejes renunciaban totalmente a la materialidad del mundo y diabolizaban el cuerpo y las relaciones sexuales, dado que querían acabar con la reproducción de la especie humana y así poner punto y final a este mundo pecaminoso. No obstante, hay que leerse estos escritos entre líneas, recordando que sólo nos muestran la visión que tiene el alta jerarquía eclesiástica.

En contraste con esta visión, encontramos declaraciones como la que dio la provenzal Grazida Lizier (finales siglo XIII – siglo XIV) en un juicio inquisitorial, donde era procesada por cátara, que nos da una curiosa información. Grazida estaba casada pero mantenía relaciones sexuales con el sacerdote cátaro, sabiéndolo y consintiéndolo su marido. Y ella lo justificaba como algo tan agradable y que comportaba unas emociones tan bellas, que estaba firmemente convencida que aquello no podía molestar a Dios, dado que Él es amor y aquello que tanto escandalizaba a los interrogadores era un acto de aprecio, al más puro estilo https://www.sirporno.xxx/youporn-com/. Este curioso testimonio, junto con el hecho documentado que la mujer tenía potestad en estas herejías de ejercer como verdaderas sacerdotisas o guías espirituales, así como la existencia de cátaras que tenían hijos, hace pensar que las herejías dualistas quizás vivían la sexualidad de una forma más libre.

La evolución del sexo y el porno en nuestra sociedad

No dejando lejos el tema del dualismo, lo cierto es que hay que referirse a una visión filosófica que parece que, según algunos historiadores, podría haber tenido un potente arraigo en el pensamiento de la época feudal entre los siglos XI y XIII. Me estoy refiriendo al que se denomina cosmogonía de los dos infinitos. Esta creencia, defendida por personalidades de la época, como la prolífica monja y santa alemana Hildegarda von Bingen (1098-1179), entendía el mundo como el fruto de la interacción de dos principios sobrenaturales. Estos dos principios serían Dios y la materia, uno como principio masculino y el otro como femenino, que sin jerarquías ni sumisión interactúan la uno con el otro para crear el mundo.

Se decía que esta relación de complementariedad constituía una concordantia oppositorum y la manera más gráfica para entenderlo es estableciendo un paralelismo con el símbolo oriental del Yin-*Yan, este juego entre dos elementos, que ni uno es bueno ni el otro doliendo y que acaba generando el mundo en su diversidad. Esta visión podría haber repercutido en la manera de entender el cuerpo y la mujer, pues parece estar presente en en la corriente mística que se desarrolló entre los siglos XII y XIII.

El siglo XII es un siglo que implica cambio en el Occidente medieval. El resurgimiento urbano y la creación de ambiciosas redes comerciales deja su impronta en un cambio que afecta todo la orden feudal, que se adapta a la nueva realidad. Y en este ámbito, entran dos elementos que son capitales para entender el tratamiento de la carne y el sexo en esta sociedad cristiana de los siglos XI, XII y XIII: por un lado, la consolidación de las universidades o studia generales, por otro lado, la importancia del amor y todo lo que se deriva en la literatura del momento.

¿Qué opinaban los catedráticos?

En el ámbito universitario, que se encontraba justo en su nacimiento, las escuelas dependientes del obispado dieron a corporaciones de profesores y alumnos que decidieron darle un giro a la educación. Es en este contexto cuando, Amalric (o Amaury) de Bène (siglo XII-1207) formula una herejía que pasará a conocerse como amalriciana. Este intelectual interpretó la teología cristiana y acabó concibiendo unas creencias en que Dios trasciende en la naturaleza y, por lo tanto, está en ella.

Estas ideas, que se hacían eco de escritos anteriores, llevaron a considerar que la Iglesia era necesaria hasta el momento en que la sociedad se daba cuenta que Dios trascendía en todo y también en ellos y que, de alguna manera, encontraban en ellos mismos la manera de tomar conciencia que se puede encontrar la divinidad en un mismo y obrar según su voluntad, acontecer superiores, santos. En este punto, el magisterio de la Iglesia quedaría ya sin utilidad. Fue este mismo argumento el que provocó la cólera del papa Inocenci III (c. 1160- 1216) a principios de siglo XIII, pontífice poderosísimo que impuso los intereses de Roma encima los poderes de las diferentes monarquías que conformaban la Cristiandad latina.